El Monstruo Asustado

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Luna Negra

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Provocadora, ya desde la portada, transgresora de la primera hasta la última página, tragicómica, “los hermanos Marx de polizontes en la barca de Ulises el Griego”, Luna Negra es una novela que alberga muchas otras novelas, pero sobre todo es la novela de un amigo. No digo esto para justificar las licencias; la aclaración vale la pena porque Luna Negra, entre muchas otras cosas, trata preferentemente sobre la amistad.

Una amistad entre dos personajes, entre Pablo Vega y el Gato principalmente, y también entre Vega y Eva, protagonista femenina del relato, con romance circunstancial de por medio; entre Eva y el Mono, con romance fugaz, y entre Eva y el Gato, donde surge finalmente el amor definitivo.

Y amistad, también entre los cuatro personajes, claro, cuando juntos van a visitar a Taboada, el brujo- un personaje con conciencia de personaje-, gracias al cual Bertotti en la segunda parte de la novela, “La Línea Recta”, mete a todos los personajes – también a los lectores- en el “Sueño de los Héroes”; un singular homenaje al escritor argentino Adolfo Bioy Casares.

Pero Luna Negra no acaba aquí, más allá de los vínculos de amistad (indestructibles cuando sus lazos se fraguan en la supervivencia), estos cuatro personajes viven eternas desventuras; como si Taboada, con aquel extraño conjuro, los hubiera condenado a vivir una en una eterna pesadilla de ficción. Pesadilla en la cual se puede hablar, tomar mate y fumar, pero no se puede salir: “Golpea que te van a abrir”, parece decirles Bertotti, negándoles el acceso a lo real, a la realidad, derecho a vida propia y carnet de identidad… De manera que no les queda más que hablar y girar, como en aquel tango, bajo una Luna Negra perra y oscura que no quiere iluminarlos.

Dando vueltas en círculo, como el perro que se muerde la cola, nunca llegan a ninguna parte; deambulan entre rayuela y laberinto, construyen espirales existenciales y narrativos; los destruyen y vuelven a empezar de cero: ” ¿A cuánta gente tendrían que haber fusilado los Montoneros si hubieran ganado?”.

Como almas en pena se cansan de tanto andar, se tornan cada vez más frágiles y vulnerables. En la ciudad sigue lloviendo y hace frío, desamparados buscan cobijo bajo las carpas de los pastores del apocalipsis pero no dan la talla. Tampoco la pavada, no se trata de aferrarse a cualquier cosa con tal de zafar. Los personajes de esta novela, pero sobre todo Pablo Vega y el Gato, luchan por escapar del conformismo sin tomar la línea recta; falso punto de fuga desde donde, como de la traición y de ciertas etiquetas de cigarrillos, según Bertotti, ya no se vuelve. La línea recta es el fin, el principio del fin.

Subidos al “bondi” con el “Capitán Beto” recorren una ciudad rioplatense y afantasmada que ya no es lo que era, que ha caído en desgracia, devastada y saqueada por cipayos de peluquín en nombre de la economía de mercado. Este es el escenario de Luna Negra, el marco opresivo y sin moral, abundante en calabozos y muertos vivos, por donde deambulan sus personajes.
Con todo, Gabriel Bertotti no se arredra, escribe por encima del escenario y de la historia que tratan de contar los personajes para convertir al lenguaje en el verdadero protagonista de la novela. En busca de un estilo propio, las voces de Manuel Puig y de Roberto Arlt resuenan de ultratumba, sugieren un camino.

Es obvio que recomiendo desde este humilde blog que lean esta novela. Y no solo porque conozco al autor, sino también porque Gabriel no tiene que demostrarle nada a nadie en cuanto a literatura se refiere, lo que le ha permitido escribir libremente, simplemente por el placer de hacerlo, sin pretensiones, ni prejuicios.

Después de tantos elogios que Luna Negra ha recibido, merecidos todos, solo queda por decir que se trata de la obra de un escritor valiente; sí, de alguien que además de escribir “jodidamente” bien, escribe con el coraje y la sabiduría de los que tienen calle: A narrar bien, a saber contar historias, como a pelear, se aprende en la calle: “La amistad y el barrio, junto con una misión kármica de redención, son las tres componentes que te determinan”. No lo digo yo, se lo dijo al Narigón el astrólogo Bader…

*Editada por Sol de Ìcaro, Luna Negra está disponible en Amazon.es

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La Mansión de los Altos Estudios

Para los astrólogos la Casa de los Altos Estudios es la casa número nueve, la del tránsito de  tapa blog grande1formación espiritual, la educación superior, la filosofía, los viajes, las profesiones, la ciencia y la búsqueda del significado de la vida; la forma en que cada persona concibe el mundo… Estos datos los tuve después de haber elegido el título de la novela, lo que demuestra, como dice Cortázar, que “la casualidad suele hacer muy bien las cosas” puesto que de todos estos asuntos, con mayor o menor acierto, se habla en este libro.

Cuando se publica una novela los escritores suelen decir que se ha cerrado un ciclo, dando a entender que pronto se iniciará otro, otra novela, un nuevo libro. En este sentido, La Mansión de los Altos Estudios no se convirtió en un proyecto de novela hasta que el autor, dicho esto en un sentido literal, no acabó de cerrar todas las puertas de aquella casa, o de abandonar todas aquellas casas que habitó en su primera juventud. Ya en el prólogo de la novela Olga Orozco nos advierte: “Había en varios tiempos varias casas que eran una sola casa”.

La Mansión de los Altos Estudios comenzó a vivirse antes que a escribirse, pero, en este caso, la   experiencia no precede en el pasado a la narración en el futuro, como sucede naturalmente en la mayoría de las novelas, aquí todo sucede de manera simultánea, la experiencia junto a la experiencia de contarla; narrada con insistencia en un continuo presente, cada vez que un lector entra en la casa algo está sucediendo. Dicho de otra manera, todos están vivos, personas, personajes y lectores, salvo el escritor, no muerto pero ausente, que trata de alejarse sin hacer demasiado ruido, y de borrar sus huellas antes de quedarse dormido.

Una vez que el autor se aleja, el proyecto de escribir la novela comienza a cobrar forma. Tiene pinta de novela experimental, en el sentido de experimento de laboratorio; una mezcla rara de tonos, tiempos y géneros diferentes; un cóctel explosivo de personas y personajes que al ingerirlo sabe a todos y a ninguno; otra vez Olga Orozco: “Hasta que se devore eso que habitualmente llamamos rostro y se pueda ver quién es quién lo devora”.

Cuando el que escribe acepta su condición de personaje, cuando el observador se confunde con lo observado, por lógica, se acaba escribiendo sobre la experiencia de escribir una novela; en este caso acerca de la imposibilidad de escribirla: “Escribo sin conocer el desenlace de lo que escribo. Busco en tus líneas mi imagen en la lámpara encendida en la mitad de la noche…” Octavio Paz.

Por lo demás, esta novela está escrita como cualquier otra, introducción, nudo y desenlace, y puede leerse de la misma manera – quizás con un poco más de fe- que cualquier otra novela que acaba de publicarse o que anda por ahí.

Aunque en la Mansión de los Altos Estudios sucedan cosas extrañas, paredes que hablan, escritores con turbante y payadores de ultratumba, también puede leerse como la metáfora de un país que se destruye antes de construirse; un curso de supervivencia, o un libro de autoayuda para aceptar lo inevitable; o mejor dicho que no podemos tirar el córner y saltar a cabecearlo, aquello que tenga que suceder sucederá…
Espero que les guste este libro que escribí.

Editada por “Novum Publishing”, a los que agradezco su paciencia, la novela está disponible en Amazon y en la librería de la Editorial.
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Geografía de los Sueños II : El mar de Solaris

solaris

“Solaris es el nombre de una novela de ciencia ficción de Stanisław Lem que transcurre en el planeta de nombre homónimo, publicada en Varsovia (Polonia) en 1961. Se trata, sin duda, de la obra más conocida del autor, y ha sido adaptada al cine por el director soviético Nikolái Nirenburg (“Solaris”) en 1968, por el también soviético Andrei Tarkovsky (“Solaris”) en 1972 y por el estadounidense Steven Soderbergh (“Solaris”) en el 2002.”

Con todos los adelantos técnicos del siglo XXI la Solaris de Soderbergh, donde el carismático George Clooney interpreta al doctor Kris Kelvin, no es tan inquietante como la de Tarkovsky, cuya lentitud, la pereza con la que se suceden todas las imágenes es casi tan perturbadora como la soledad de su protagonista. La banda sonora, para escuchar exclusivamente con auriculares y con los ojos cerrados, tanto en la vieja como en la reciente Solaris, detiene el pensamiento y en su lugar aparecen remansos de silencio; solo en silencio es posible escuchar el oleaje del mar.El del Atlántico salvaje, por ejemplo, aquel que ruge en Sauce Grande, o el del mar Mediterráneo, cuando sopla de levante, aquí, más cerca, a pocos metros de mi nave. Pero aquí lo que nos interesa es el mar de Solaris, mejor dicho el océano de Solaris, porque estábamos hablando de los sueños, de la geografía de los sueños.

George Clooney, el de la sonrisa perfecta, en su rol de psicólogo espacial, llega a una estación de observación que han puesto en Solaris para investigar sucesos extraños, argumento que las series de ciencia ficción han reproducido hasta el cansancio, pero aquí, es decir en la novela de Stanislaw Lem, no se encuentra con ningún Allien ni calamar gigante, se encuentra con un océano inteligente que lo desafía y perturba más allá de su racionalidad.

Tampoco yo entendí si era el océano de Solaris el culpable de todo, del desorden y el desconcierto con el que Clooney se encuentra a su llegada en la estación espacial, de un suicidio y de otras yerbas, o si aquel despelote se debía a una extraña enfermedad producida por la toxicidad de la atmósfera en ese planeta. Lo que sí me quedó claro era que el mar de Solaris, misteriosamente provisto de una inteligencia superior, era el que fabricaba a los “visitantes” y los introducía en los sueños de los tripulantes de la estación espacial.

Entonces, en medio de su investigación George Clooney se toma un descanso y sueña con su mujer. Su mujer era muy bonita y está muerta, pero esto no le preocupa a Clooney, porque no tiene nada de raro, es muy común soñar con muertos; con muertos que reviven, o con muertos que no hacen ruido; también con muertos que hablan y después jugar cierto número a la quiniela, lo más normal del mundo…

Lo raro, aquello que George Clooney no puede entender, que no le cabe en la escafandra gigante que lleva en la cabeza, es que su bella mujer salga del sueño y vuelva a estar con él bajo la apariencia de un ser real, como un fantasma que no hubiera muerto. Salvando las distancias, lejos de la imaginación de Lem, podría ser algo así como si soñáramos con un objeto determinado, por ejemplo con un Buda o con un perrito de escayola, por decir algo, y cuando despertáramos tuviéramos al Buda o al perrito de yeso sujeto en la mano. ¿Inquietante no?

Lo cierto, al menos hasta dónde yo sé, es que en los sueños soñamos con “todo”, con objetos raros y comunes, personas, personajes, países, valles, unicornios, estrellas, con gallos y enanos, pero siempre volvemos de los sueños con las manos vacías, sin nada; apenas con un difuso recuerdo que enseguida se nos escapa, con un ligero malestar o bienestar, si hubo suerte; apenas un rastro del escenario o de la persona, o de la cosa, con la que habíamos estado soñando. Pero en Solaris sucede algo raro. Volvamos a la mujer de Clooney, ella tampoco sabe bien de dónde ha salido, tampoco de qué va la historia; se acerca a George, éste se aleja, discuten, no logran entenderse , George se asusta y resuelve “mejor de quito de líos, la meto en una nave y que desaparezca de nuevo”, de modo que trata de hacer desaparecer a su mujer metiéndola en una cápsula y lanzándola al espacio exterior ( en la Solaris del 72 la metían en un cohete parecido al de Tintín en Objetivo la Luna ).

La mujer regresa, Clooney no logra deshacerse de ella, en fin, no voy a contar el final de la película, tampoco importa porque la única idea que vale la pena en este artículo, o por lo menos la única que nos sirve para nuestra geografía, es aquella de volver de un sueño con algo en la mano; por supuesto que no quiero decir “con algo” exclusivamente material.
Es una buena idea para un cuento. Desde el más allá, el objeto que se materializa a través del sueño, quiere decir algo, puede ser un mensaje; en este caso la mujer del psicólogo astronauta, o cualquier otra cosa que provenga del sueño, se convierte en un enigma que tendrá que descifrar el protagonista del mismo sueño…

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Geografía de los sueños

andyblog

A principios del siglo XXI, hace dos días nomás, le escuché decir al escritor y dramaturgo chileno Alejandro Jodorowsky que había logrado dirigir sus sueños conforme a su deseo. Para conseguirlo, decía, primero hay que estar consciente durante el sueño, es decir saber que estamos soñando, y luego- desde la conciencia agrego yo- generar una orden capaz de ingresar nuestro deseo en el  inconsciente para que allí  se ponga en escena, se represente, para luego poder observarlo. A este fenómeno se lo conoce como sueño lúcido.

De esta manera Jodorowski afirmaba que si quería soñar con elefantes que paseaban por el África, no tenía más que colocar las palmas de las manos tapándose los ojos- como en el Don Juan de Castaneda-, hasta quedarse dormido, desear elefantes, y al rato nomás, ya veía pasar frente a él a una manada de elefantes con sus trompas largas y sus grandes orejas; el método, aseguraba el chileno, era igual de eficaz tanto para elefantes como para pingüinos, o para soñar con Scarlett Johansson, digo yo. Solo era cuestión de proponérselo, y el deseo- en el sentido de querer soñar con algo en concreto- se cumplía en el sueño.

Aunque aquí no está en juego la credibilidad, se trata de otra cosa, una vez aceptado que es posible dirigir los sueños, lo más difícil de creer es que los elefantes o los pingüinos de Jodorowski no hablen o vuelen durante el sueño. Quiero decir que lo más difícil de aceptar es que el deseo consciente del soñante eluda las reglas del sistema inconsciente, y que en vez de figurarse como una suerte de collage surrealista, como acostumbra hacerlo, se muestre tal cual lo percibimos en la realidad cotidiana, en estado puro y concreto.

Conviene aclarar que el maestro Jodorowski, en  “La danza de la realidad”, “Psicomagia” y en distintas conferencias, también habla de muchos otros sueños lúcidos donde efectivamente las reglas del inconsciente deforman el deseo del soñante hasta convertirlo casi totalmente en otra cosa, donde, por mi parte, supongo que radica la verdadera magia de los sueños, y donde, por supuesto, surge el atractivo de aventurarse en su interpretación. El movimiento surrealista, sobre todo en su legado artístico pictórico, ha dado sobradas cuentas de ello. El psicoanálisis, me refiero a Sigmund Freud, había encontrado en los sueños una “vía regia” para acceder al inconsciente, pero, aunque reconoció la maravilla del fenómeno, no fue más allá de perseguir su sentido, siempre desde un punto de vista clínico. Jung fue un poco más allá, ya hablaremos de Jung; no se puede hablar de Carl Gustav Jung a la ligera, antes habrá que volver a la biblioteca, por lo menos con una tarde libre por delante y una botella de grapa en la mesa. Una cuestión de respeto, nomás…

El sueño, al menos para los psicoanalistas freudianos, es la escenificación de un deseo reprimido; un trabajo del sistema inconsciente en su intento de satisfacerlo; una formación del inconsciente que sabe algo del sujeto que el sujeto no sabe, diría el francés Lacan.

En este sentido, digo en el de conocerse a sí mismo a través de los sueños, el mundo onírico todavía sigue siendo un territorio apenas explorado. Sobre todo por la técnica y la ciencia, que más allá de describir someramente cómo funciona la maquinaria, poco o nada puede decirnos acerca del sentido de los sueños.

Antes que Jodorowski soñara con elefantes,  y de que  Sigmund Freud publicara “La Interpretación de los Sueños”, el sinólogo y escritor  francés León d´Hervey de Saint-Denys escribió en el año 1867 un ensayo llamado “Rêves et les moyens de les dirigier” (Los sueños y la manera de controlarlos). Este curioso personaje, un verdadero explorador nocturno, del cual proximamente hablaremos, también con botella de grapa, acostumbraba llevar un diario de su sueños,  «Este diario, que forman veintidos cuadernos repletos de figuras coloreadas, representa una serie de mil novecientas cuarenta y seis noches, es decir de más de cinco años.» Este  diario de sueños inspiró a Harvey de Saint Denys para escribir su ensayo. Allí afirmaba que es posible ser consciente de nuestros sueños mientras soñamos. A este fenómeno, que según el autor puede ser inducido mediante algunas técnicas y ejercicios, le llamó sueño lucido.

Aunque retumben como una campana, los elefantes de Jodorowski solo aparecen aquí para introducirnos al fascinante mundo de los sueños: Seguiremos soñando, seguiremos escribiendo…

La pintura que ilustra esta nota es de Andrés Armero, artista, surrealista, soñador perdido…

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El boom latinoamericano por Julio Cortázar

A propósito del cincuentenario del mal llamado “boom” latinoamericano, las palabras de nuestro querido Julio Cortázar son las más sensatas, y actuales, que he escuchado. Nadie, salvo contadas excepciones, se ha manifestado con respecto al “bomm” en este sentido.

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“El buen conquistador” Manu Chao en Pirineos Sur

En el marco de la XXI edición del Festival Internacional de las Culturas, Pirineos Sur, “un modelo de festival sostenible donde se puede disfrutar de la cultura de una manera racional, sin masificaciones y en plena armonía con la naturaleza”, más precisamente en el auditorio natural de Lanuza (Huesca, España) hemos asistido al recital de Manu Chao, un artista de la vida y de la música tan inclasificable como encantador;  un amigo de Latinoamérica y de todo el mundo, que se ha inventado un nuevo mundo, lleno de alegría y esperanza, donde las causas justas y perdidas no parecen tan perdidas.

Sobre el escenario flotante de Lanuza, arropados por un entorno natural paradisíaco y protector, donde ya pusieron los pies mitos y leyendas de la música como Paco de Lucía, Bebo Valdés, Omara Portuando, Cesária Evora, entre otros muchos de una larga lista cosmopolita de músicos y cantantes que se viene labrando desde hace más de veinte años de festival.

A nosotros, que somos del sur, también nos consta que han pasado por el mismo escenario León Gieco, Andrés Calamaro, Vicentico, Fito Páez,  Jorge Drexler, Gilberto Gil, Carlinhos Brown, Compay Segundo, Elíades Ochoa, Lila Downs, Julieta Benegas (2012) y muchos más; músicos y cantantes que circulan por las venas abiertas y palpitantes de nuestra america latina y cruzan las fronteras,  invisibles para la música, para venirse a cantar, a bailar  y a tocar en los Pirineos,  verdaderos embajadores culturales de nuestras tierras, pero abiertos y dispuestos también  a mezclarse y a fusionarse con otras músicas del mundo, sobre todo con la música africana, con mucha prescencia en Pirineos Sur.

Y a este ya mítico escenario llegó finalmente Manu Chao con “La Ventura”, un cuarteto integrado por  Madjid Fahem (guitarra), Gambeat (bajo), Phillippe Teboul (batería) con el cual Chao también realizó una extensa gira latinoamericana titulada “La Ventura Tour”.

Con los primeros acordes, los mismos de siempre, dirán los detractores, pero inacabables, e inmensos, diremos nosotros; capaces de albergar, fusionar y darle un nuevo sentido, – “la marca Manu Chao”- a ritmos tan dispares como el punk rock de los Sex Pistols, la Chansón francesa de Georges Brassens, la rumba, el reggae y el guaguancó, y de envolvernos a todos, a las más de cinco mil personas que asistimos al concierto, en una energía benigna, llena de esperanza fuerza y alegría a la cual, por más que insistan los políticos y los mercados, no queremos renunciar.

Frágil en apariencia, porque tuvimos la suerte de verlo de cerca, desprovisto de credenciales, clandestino sin impostura alguna, natural y autentico, sin más atributos que su “vocecita rara” la guitarrita colgada en la espalda y el “palestino” anudado a la cintura, entró al escenario a los saltos, y la Ventura “forzó la máquina y se jugó la vida” tocando con inmensa generosidad y siempre con la misma intensidad, casi todo o buena parte del amplio reportorio Manu Chao:  Mr. Bobby, Politik Kill, Raiining Paradise, Expreso de Hielo, La Vida Tómbola, Clandestino, La Primavera, Me Gustas Tu, Rumba de Barcelona, y etc, y etc; desde Mano Negra hasta Radio Bemba, desde lo más nuevo a lo más intemporal, porque Manu Chao no pasa de moda, porque su trabajo no es una moda sino un mensaje musical y artístico de paz y amistad entre los pueblos, autentico y perdurable, entre tantos productos fugaces que en nuestra cultura global solo buscan el éxito inmediato, vacios de contenido, que por suerte- digo yo- se marchan antes de llegar.

La historia de encuentro y amistad de Manu Chao con Latinoamérica es intensa y digna de mención porque no obedece, ni se ajusta, al “modus operandi” de muchos músicos internacionales que ponen a Latinoamérica en su agenda solo por motivos comerciales : José Manuel Arturo Tomás Chao, nombre real de Manu Chao,- nacido en Galicia, criado en París, hijo del conocido escritor y periodista Ramón Chao-, hace veinte años que cruzó el atlántico en un barco de carga. Desembarcó en Venezuela y desde allí se largó a conocer los países y los pueblos  en “hua-hua”, o a bordo de un “Expreso de hielo”; viajes que han empapado a su música con todos los sabores y colores de nuestros  ritmos latinos, y hasta de un cierto realismo mágico, el de Carpentier y García Márquez,  en las letras de sus canciones (“Soñé que el fuego nevava, soñé que en la nieve ardía, soñé que tu me querías, soñé Colombia”), donde podemos escuchar también el sonido del viento (“Por la Carretera”); el mismo que sopla en la Comala de Juan Rulfo, aquel viento implacable que confunde a los vivos con los muertos, porque al final la muerte no existe…

Manu Chao llegó a Sudamérica, y sigue llegando, con el mismo espíritu aventurero de los antiguos conquistadores, dicho esto en el sentido épico del término, de gesta y de buena conquista; para intercambiar cultura y experiencias, para conocer la realidad y los problemas de su gente y solidarizarse- en la medida de lo posible, desde su lugar de artista- con las buenas causas, Los Derechos Humanos, la Justicia Social, y para robarnos después, en vez del oro, nuestros corazones.

Otra hubiera sido la historia si los españoles en vez de a Pizarro o a Lópe de Aguirre nos hubieran mandado a Manu Chao…

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