El Monstruo Asustado

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Geografía de los Sueños II : El mar de Solaris

solaris

“Solaris es el nombre de una novela de ciencia ficción de Stanisław Lem que transcurre en el planeta de nombre homónimo, publicada en Varsovia (Polonia) en 1961. Se trata, sin duda, de la obra más conocida del autor, y ha sido adaptada al cine por el director soviético Nikolái Nirenburg (“Solaris”) en 1968, por el también soviético Andrei Tarkovsky (“Solaris”) en 1972 y por el estadounidense Steven Soderbergh (“Solaris”) en el 2002.”

Con todos los adelantos técnicos del siglo XXI la Solaris de Soderbergh, donde el carismático George Clooney interpreta al doctor Kris Kelvin, no es tan inquietante como la de Tarkovsky, cuya lentitud, la pereza con la que se suceden todas las imágenes es casi tan perturbadora como la soledad de su protagonista. La banda sonora, para escuchar exclusivamente con auriculares y con los ojos cerrados, tanto en la vieja como en la reciente Solaris, detiene el pensamiento y en su lugar aparecen remansos de silencio; solo en silencio es posible escuchar el oleaje del mar.El del Atlántico salvaje, por ejemplo, aquel que ruge en Sauce Grande, o el del mar Mediterráneo, cuando sopla de levante, aquí, más cerca, a pocos metros de mi nave. Pero aquí lo que nos interesa es el mar de Solaris, mejor dicho el océano de Solaris, porque estábamos hablando de los sueños, de la geografía de los sueños.

George Clooney, el de la sonrisa perfecta, en su rol de psicólogo espacial, llega a una estación de observación que han puesto en Solaris para investigar sucesos extraños, argumento que las series de ciencia ficción han reproducido hasta el cansancio, pero aquí, es decir en la novela de Stanislaw Lem, no se encuentra con ningún Allien ni calamar gigante, se encuentra con un océano inteligente que lo desafía y perturba más allá de su racionalidad.

Tampoco yo entendí si era el océano de Solaris el culpable de todo, del desorden y el desconcierto con el que Clooney se encuentra a su llegada en la estación espacial, de un suicidio y de otras yerbas, o si aquel despelote se debía a una extraña enfermedad producida por la toxicidad de la atmósfera en ese planeta. Lo que sí me quedó claro era que el mar de Solaris, misteriosamente provisto de una inteligencia superior, era el que fabricaba a los “visitantes” y los introducía en los sueños de los tripulantes de la estación espacial.

Entonces, en medio de su investigación George Clooney se toma un descanso y sueña con su mujer. Su mujer era muy bonita y está muerta, pero esto no le preocupa a Clooney, porque no tiene nada de raro, es muy común soñar con muertos; con muertos que reviven, o con muertos que no hacen ruido; también con muertos que hablan y después jugar cierto número a la quiniela, lo más normal del mundo…

Lo raro, aquello que George Clooney no puede entender, que no le cabe en la escafandra gigante que lleva en la cabeza, es que su bella mujer salga del sueño y vuelva a estar con él bajo la apariencia de un ser real, como un fantasma que no hubiera muerto. Salvando las distancias, lejos de la imaginación de Lem, podría ser algo así como si soñáramos con un objeto determinado, por ejemplo con un Buda o con un perrito de escayola, por decir algo, y cuando despertáramos tuviéramos al Buda o al perrito de yeso sujeto en la mano. ¿Inquietante no?

Lo cierto, al menos hasta dónde yo sé, es que en los sueños soñamos con “todo”, con objetos raros y comunes, personas, personajes, países, valles, unicornios, estrellas, con gallos y enanos, pero siempre volvemos de los sueños con las manos vacías, sin nada; apenas con un difuso recuerdo que enseguida se nos escapa, con un ligero malestar o bienestar, si hubo suerte; apenas un rastro del escenario o de la persona, o de la cosa, con la que habíamos estado soñando. Pero en Solaris sucede algo raro. Volvamos a la mujer de Clooney, ella tampoco sabe bien de dónde ha salido, tampoco de qué va la historia; se acerca a George, éste se aleja, discuten, no logran entenderse , George se asusta y resuelve “mejor de quito de líos, la meto en una nave y que desaparezca de nuevo”, de modo que trata de hacer desaparecer a su mujer metiéndola en una cápsula y lanzándola al espacio exterior ( en la Solaris del 72 la metían en un cohete parecido al de Tintín en Objetivo la Luna ).

La mujer regresa, Clooney no logra deshacerse de ella, en fin, no voy a contar el final de la película, tampoco importa porque la única idea que vale la pena en este artículo, o por lo menos la única que nos sirve para nuestra geografía, es aquella de volver de un sueño con algo en la mano; por supuesto que no quiero decir “con algo” exclusivamente material.
Es una buena idea para un cuento. Desde el más allá, el objeto que se materializa a través del sueño, quiere decir algo, puede ser un mensaje; en este caso la mujer del psicólogo astronauta, o cualquier otra cosa que provenga del sueño, se convierte en un enigma que tendrá que descifrar el protagonista del mismo sueño…

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Geografía de los sueños

andyblog

A principios del siglo XXI, hace dos días nomás, le escuché decir al escritor y dramaturgo chileno Alejandro Jodorowsky que había logrado dirigir sus sueños conforme a su deseo. Para conseguirlo, decía, primero hay que estar consciente durante el sueño, es decir saber que estamos soñando, y luego- desde la conciencia agrego yo- generar una orden capaz de ingresar nuestro deseo en el  inconsciente para que allí  se ponga en escena, se represente, para luego poder observarlo. A este fenómeno se lo conoce como sueño lúcido.

De esta manera Jodorowski afirmaba que si quería soñar con elefantes que paseaban por el África, no tenía más que colocar las palmas de las manos tapándose los ojos- como en el Don Juan de Castaneda-, hasta quedarse dormido, desear elefantes, y al rato nomás, ya veía pasar frente a él a una manada de elefantes con sus trompas largas y sus grandes orejas; el método, aseguraba el chileno, era igual de eficaz tanto para elefantes como para pingüinos, o para soñar con Scarlett Johansson, digo yo. Solo era cuestión de proponérselo, y el deseo- en el sentido de querer soñar con algo en concreto- se cumplía en el sueño.

Aunque aquí no está en juego la credibilidad, se trata de otra cosa, una vez aceptado que es posible dirigir los sueños, lo más difícil de creer es que los elefantes o los pingüinos de Jodorowski no hablen o vuelen durante el sueño. Quiero decir que lo más difícil de aceptar es que el deseo consciente del soñante eluda las reglas del sistema inconsciente, y que en vez de figurarse como una suerte de collage surrealista, como acostumbra hacerlo, se muestre tal cual lo percibimos en la realidad cotidiana, en estado puro y concreto.

Conviene aclarar que el maestro Jodorowski, en  “La danza de la realidad”, “Psicomagia” y en distintas conferencias, también habla de muchos otros sueños lúcidos donde efectivamente las reglas del inconsciente deforman el deseo del soñante hasta convertirlo casi totalmente en otra cosa, donde, por mi parte, supongo que radica la verdadera magia de los sueños, y donde, por supuesto, surge el atractivo de aventurarse en su interpretación. El movimiento surrealista, sobre todo en su legado artístico pictórico, ha dado sobradas cuentas de ello. El psicoanálisis, me refiero a Sigmund Freud, había encontrado en los sueños una “vía regia” para acceder al inconsciente, pero, aunque reconoció la maravilla del fenómeno, no fue más allá de perseguir su sentido, siempre desde un punto de vista clínico. Jung fue un poco más allá, ya hablaremos de Jung; no se puede hablar de Carl Gustav Jung a la ligera, antes habrá que volver a la biblioteca, por lo menos con una tarde libre por delante y una botella de grapa en la mesa. Una cuestión de respeto, nomás…

El sueño, al menos para los psicoanalistas freudianos, es la escenificación de un deseo reprimido; un trabajo del sistema inconsciente en su intento de satisfacerlo; una formación del inconsciente que sabe algo del sujeto que el sujeto no sabe, diría el francés Lacan.

En este sentido, digo en el de conocerse a sí mismo a través de los sueños, el mundo onírico todavía sigue siendo un territorio apenas explorado. Sobre todo por la técnica y la ciencia, que más allá de describir someramente cómo funciona la maquinaria, poco o nada puede decirnos acerca del sentido de los sueños.

Antes que Jodorowski soñara con elefantes,  y de que  Sigmund Freud publicara “La Interpretación de los Sueños”, el sinólogo y escritor  francés León d´Hervey de Saint-Denys escribió en el año 1867 un ensayo llamado “Rêves et les moyens de les dirigier” (Los sueños y la manera de controlarlos). Este curioso personaje, un verdadero explorador nocturno, del cual proximamente hablaremos, también con botella de grapa, acostumbraba llevar un diario de su sueños,  «Este diario, que forman veintidos cuadernos repletos de figuras coloreadas, representa una serie de mil novecientas cuarenta y seis noches, es decir de más de cinco años.» Este  diario de sueños inspiró a Harvey de Saint Denys para escribir su ensayo. Allí afirmaba que es posible ser consciente de nuestros sueños mientras soñamos. A este fenómeno, que según el autor puede ser inducido mediante algunas técnicas y ejercicios, le llamó sueño lucido.

Aunque retumben como una campana, los elefantes de Jodorowski solo aparecen aquí para introducirnos al fascinante mundo de los sueños: Seguiremos soñando, seguiremos escribiendo…

La pintura que ilustra esta nota es de Andrés Armero, artista, surrealista, soñador perdido…

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