El Monstruo Asustado

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Oh Libertad !!! Adíos mi España querida II

Las recientes declaraciones de la Delegada del Gobierno Cristina Cifuentes sobre “modular” los derechos ciudadanos a manifestarse han levantado una falsa polémica.

Cifuentes, a propósito de la última manifestación de la ciudadanía española del 25 de septiembre en contra de los recortes presupuestarios, declaró que no era su pretensión recortar derechos, sino “compatibilizar” los derechos a manifestarse con los de la libre circulación de los ciudadanos, derechoa circular sin molestias por la ciudad, siempre en referencia a Madrid, donde según la delegada son demasiado frecuentes las manifestaciones, lo que complica el normal ritmo de vida en la capital española.

Falsa polémica digo, porque este no es el problema: Si la delegada quiere una ciudad ordenada y en paz, extensivo a un país ordenado y en paz, el gobierno podría evitar las manifestaciones gobernando para los ciudadanos y no para los mercados.

Falsa polémica, también la que quiere instalar la derecha mediática cuando, en vez de dirigir su “foco tuerto” de atención hacia las causas de las últimos manifestaciones populares en España ( las alarmantes cifras del paro, los recortes en educación y sanidad, el aumento de la pobreza, la desaparición del estado de bienestar, la falta de representación de la clase política) se empeñan en agitar los peores fantasmas del fascismo: “Las manifestaciones están organizadas por grupos de ultraizquierda”, “Tienen la intención de tomar el congreso”., “Buscan sembrar el caos y la anarquía en la sociedad española”, “Ocupan ilegalmente espacios públicos”, “Provocan disturbios que justifican la represión policial, siempre en salvaguarda de nuestro sistema democrático”. A todos los que han participado del 15 M los han calificado de anti sistemas, comunistas, anarquistas, socialistas, perroflautas, hippies transnochados, okupas; que “huelen mal, que no se bañan, y que tienen la hora que falta en Canarias…”

Pero, volvamos al tema. Lo que le preocupa a la delegada no son los polis apaleando a chicos y chicas de 15 años, como se ha visto en la tele, sino que en Madrid no se pueda circular tranquilo, que no se pueda aparcar, que los comerciantes tengan que cerrar sus locales para que no les rompan los cristales, que los turistas no puedan comprar abanicos y castañuelas en las tiendas de souvenires de la Gran Vía. Lo que no deja de ser cierto, pero son los “daños colaterales” de toda manifestación popular donde se juntan más de 20 o 25 mil personas, en un solo día, en un solo lugar, de todas maneras, aunque sea lamentable, no tienen la culpa, ni son responsables de esto los manifestantes, quienes, también hay que decirlo tratan de ser los más organizados posibles y de marchar y protestar en paz; los que “provocan” la manifestación, y en última instancia los posibles disturbios, son las políticas de gobierno cada vez más alejadas de los ciudadanos y más cerca de proteger “su propio pellejo”, el de su partido político, y de sus mandatarios en servicio de los intereses económicos de los mercados y de los inversores ( ¿Por qué no decir especuladores?) que terminarán, en el mejor de los casos, beneficiando a algunos pocos.

Los derechos de unos, no pueden estar por encima de los derechos de otros, insiste Cifuentes, en defensa de los sectores más conservadores de la sociedad, aquellos que dice Rajoy “hacen bien quedándose en casa”, pero los derechos de los ciudadanos de a pie, últimamente pisoteados por las políticas de ajuste neoliberales, tampoco pueden estar por debajo de las leyes constitucionales; en tanto y en cuanto el derecho a manifestarse y a la libertad de expresión son las señas de identidad de cualquier sistema democrático que se precie de tal.

Un periodista argentino, a propósito de la abundancia de manifestaciones en la Ciudad de Buenos Aires, dijo que él no tenía nada en contra de los derechos a protestar de la gente, pero que le impedían tomar el autobús, que tenía que ir andando y llegaba tarde a su trabajo; propuso entonces, que los manifestantes se manifestaran a las afueras de la ciudad; sugirió al gobierno la creación de un espacio más “adecuado” para tal fin, en donde la gente protestara en paz, agitara banderas y tocaran el bombo, sin molestar a nadie; un “manifestódromo”, dijo, como el “sambódromo” que tienen los brasileños para festejar el carnaval…

No está mal, cambiando lo que hay que cambiar, Cifuentes podría “adecuar” la legislación actual – como ha sugerido- sin cambiar ni reformar ningún artículo, solamente bastaría con agregar un anexo que ordenase la creación de “manifestodromos” a las afueras de la ciudad , lo más lejo posible de la Plaza de Neptuno o de la del Sol; por ejemplo en la Sierra de Madrid, o mejor en el desierto de los Monegros, o en la Pedanía de Huelva, donde los manifestantes no molestarían a nadie, y tampoco llamarían la atención de nadie. Allí podrían expresar su descontento todos los sectores sociales; los del 15 M, los Mineros de Asturias, los sindicalistas, los funcionarios recortados, los médicos, y también los del orgullo gay, los obispos a favor de la familia y en contra del aborto, y cuando viene el Papa; eso sí, en diferentes días, para no molestarse…

Más allá de la “cruel ironía de siempre” – la forma más directa que encuentro en estos tiempos de hipocresía y temblor para decir las cosas-, el derecho a manifestarse y a expresar libremente nuestras opiniones sea tal vez el último derecho que nos queda; nuestro derecho a la libertad, imposible de “ser recortado”, ni silenciado, porque nuestra necesidad de quejarnos, de expresar un malestar y querer superarlo; es genética, nacemos con ella, “el que no llora no mama”, y se hace más fuerte en los primeros años de vida, es nuestra garantía de supervivencia como seres humanos.

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