El Monstruo Asustado

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Libros Libres…

Los libros, me refiero al “objeto libro”, cuando están cerrados suelen descansar en una biblioteca, pero tampoco es ninguna novedad que los libros viajen; que abandonen por un tiempo la ciudad y que se vayan a las montañas o al mar, por ejemplo cuando el lector sale de vacaciones, o cuando debe trasladarse de un lugar a otro y lleva lectura para el viaje. Tampoco es ninguna novedad que algunos libros no regresen a la biblioteca, que se queden olvidados en los hoteles, en casas de verano, en los aeropuertos o en las estaciones de trenes. El libro perdido, puede que tenga suerte, que lo encuentre un futuro lector; alguien a quien le gusten los libros, o simplemente recoger cosas perdidas, que se lo lleve a su casa y lo salve del contenedor o del olvido.

Todo esto que acabo de decir tal vez venga sucediendo desde que se han inventado los libros, y es algo que sucede casi a diario, digo yo; pero la novedad es que alguien –no sé quién, habría que buscarlo en la wikipedia-, tal vez inspirado en estos párrafos introductorios que acabo de escribir, o quizás porque ése día no tenía otra cosa mejor que hacer, tuvo la feliz  idea de propiciar este viaje de los libros.

La idea consiste en coger un libro, de alguna manera etiquetarlo, (como aquellos ornitólogos que le ponen un anillo a una gaviota o a un pajarito para luego estudiar su derrotero), y dejarlo suelto, “libre como un perrito sin dueño”, en algún lugar de la ciudad o del mundo. Y es aquí donde empieza la aventura, el verdadero viaje del libro; quiero decir un viaje premeditado, sin rumbo ni destino, pero propiciado por alguien. Lo mejor que le puede suceder a un libro, por supuesto, es que encuentre lectores, aunque la idea de esta iniciativa es que el libro viaje, que el libro camine.

El sitio de internet “Book Crossing.com” se dedica a propiciar esta iniciativa. Se trata de una página web donde, además de instruirnos en el asunto de cómo “liberar un libro” – así le llaman ellos- nos permite también realizar un seguimiento del libro que hemos puesto en viaje, o del libro que nos hemos encontrado en la calle, siempre y cuando- como la paloma- ya venga etiquetado.

Para ser más claro, pondré dos ejemplos:

1)    Acabo de encontrar un libro en la estación de trenes de Barcelona – no importa cuál, puede ser cualquiera, “Luna Negra”, de Gabriel Bertotti o el Ulises de Joyce-, para el caso da igual, y  nos encontramos con que en su portada dice “Libro Libre” y que en las primeras páginas lleva una etiqueta con un código numérico. Pues entonces, después de leerlo aunque esto no es imprescindible, ya es cosa de cada uno, nos vamos al ordenador, ponemos “Book Crossing.com “y en menos que canta un gallo podemos saber de dónde viene y en dónde estuvo el libro. También cuanto tiempo hace que emprendió el viaje. Una vez leído, la gente de BooK Crossing aconseja volver a “liberarlo”.

2)    Tengo un libro o varios libros y quiero “liberarlos”. Muy bien en Book Crossing pueden adquirirse las etiquetas para darle identidad al libro, es decir, brindarle un código propio con el cual iniciará el viaje. También, el “liberador de libros” – lindo título para una novela- por medio del código, siempre en la misma web, puede seguir su derrotero. El lugar dónde dejarlo está sujeto al libre albedrío del liberador.

Si no se ha entendido bien, olvídense de todo lo que he dicho; dejen a los libros descansar tranquilos en los estantes de la biblioteca, piensen en otra cosa y disfruten del video de Caetano Veloso.

 

 

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“Ella”, Por Juan Carlos Onetti

 

 

 

 

Cuando Ella murió después de largas semanas de agonía y morfina, de esperanzas, anuncios tristes desmentidos con violencia el barrio norte cerró sus puertas y ventanas, impuso silencio a su alegría festejada con champán. El más inteligente de ellos aventuró: “Qué quieren que les diga. Para mí, y no suelo equivocarme, esto es como el principio del fin”.

Tantas cosas, pobres millonarios, les había hecho tragar Ella. Y lo triste era que Ella había sido infinitamente más hermosa que las gordas señoras, sus esposas, todavía con olor a bosta como dijo un argentino. Ahora también podían tragarse las sonrisas cordiales con que habían acogido las órdenes y las humillaciones. Porque todos sentían, sin más pruebas que discursos vociferados en la Plaza Mayor, que Ella era, en increíble realidad, mas peligrosa que las oscilaciones políticas económicas y turbias de Él, el mandatario mandante, el que a todos nos mandaba.

Cuando al fin Ella murió, rematando esperanzas y deseos, estábamos a fin de julio; en una fecha abundante en crueldades, en frío, viento, aguacero. De los cielos negros de nubes y noche caía una lluvia lenta, implacable, en agujas que, amenazaban ser eternas; Se desinteresaban de abrigos y pieles humanas para empapar sin dilaciones huesos y tuétanos.

La humedad aumentaba el mal olor de las gastadas ropas de luto improvisado: casi inmóviles, sin palabras porque su desdicha tenía un solo culpable y este no podía ser nombrado aunque dueño del frío, de la lluvia, el viento y la desgracia.

Según la pequeña historia, tantas veces más próxima a la verdad que las escritas y publicadas con H mayúscula, cinco médicos rodeaban la cama de la moribunda, y los cinco estaban de acuerdo en que la ciencia tiene sus límites.

Y en la planta baja, impaciente, paseándose, atendiendo las preguntas telefónicas que le hacían los periodistas amigos o dadivosos, había otro hombre, talvez también medico, aunque esto no tenga la menor importancia. Era un Catalán, embalsamador de profesión, conocido y llamado por Él desde hacia un mes para evitar que el cuerpo de la enferma siguiera el destino de toda carne.

Y había una lucha silenciosa pero tenaz entre los cinco de arriba y el solitario de abajo. Porque si éste solo creía con distracción en la Virgen de Montserrat, los de encima, estaban divididos entre la de Lujan, la de La Rioja, la de las Siete Llagas, entre la de San Telmo y la del Socorro. Pero coincidían en lo fundamental, en la Santa Iglesia Apostó1ica y Romana. Y creían en los eructos dominicales de los curas.

Para cumplir lo contratado con Él, el embalsamador Catalán tenía que aplicar una primera inyección al cadáver media hora antes de ser decretado tal. Los pertinaces creyentes del piso superior se oponían a toda intención de embalsamar, pese a que el contratado Catalán había repartido generoso pruebas indiscutibles de su talento. Recuerdo la foto, en un folleto, de un niño muerto a los doce anos, plácidamente colocado en un sillón y luciendo un traje marinero impecable. Lo exhibían cada vez que la momia hubiera tenido que cumplir años, él se burlaba, el tiempo no existía, sus mejillas seguían rosadas y sus ojos de vidrio brillaban con malicia cuando, inexorablemente, cumplía una fecha de muerto. Dos veces al año ocupaba el puesto de honor y los parientes que le iban quedando –el tiempo existía- lo rodeaban tomando té con pasteles y alguna copita de anís.

Se oponían a la primera e imprescindible inyección. Porque la Santa Fe quelos aunaba repartía almas para que escucharan eternamente música de ángeles que jamás cambiarían de pentagrama -o tal vez sus cabecitas equivocas las hubieran grabado- o para disfrutar suplicios nunca concebidos por un policía terrestre.

De modo que, cuando aquellos litros de morfina dejaron de respirar, se miraron asintiendo y consultaron relojes. Eran las veinte en punto. Alguno encendió un cigarrillo, otros rindieron su fatiga a los sillones.

Ahora esperaban que la pudrición creciera, que alguna mosca verde, a pesar de la estación, bajara para descansar en los labios abiertos. Porque la Santa Iglesia les ordenaba respirar cadaverina, hediondez casi enseguida y adivinar la fatigosa tarea de siete generaciones de gusanos. Todo esto adecuado a los gustos de Dios que respetaban y temían. Los minutos pasan pronto cuando un diplomado vela por su fe.

Emilio, el más obediente a las manifestaciones indudables de la Divinidad, dijo:

-Che, aumentó la calefacción.

Más tarde, resolvieron bajar para dar la noticia, triste y esperada. Él estaba cenando y asintió con la cabeza. Luego, agradeció los servicios prestados y rogó que le fueran enviados los honorarios. Después señaló con un dedo a uno cualquiera de los uniformados y le ordenó ordenar a las radios, primicia para la suya, que difundiera la noticia,

Y quedó así, rehecha, corregida, discutida: “El Ministerio de Información y Propaganda cumple con el doloroso deber de anunciar que a las veinte y veinticinco Ella pasó a la inmortalidad.”

El médico Catalán subió los escalones de dos en dos, molestado por su pequeña maleta. Preparó la inyección y estuvo consternado palpando la frialdad del cuerpo.

Las puertas no se abrían y la multitud comenzó a porfiar y moverse. Los policías dejaron de ofrecer vasitos de café enfriado y de inmediato aparecieron vendedores de chorizos, de pasteles, de refrescos entibiados, de maníes, de frutas secas, de chocolatines. Poco ganaron porque el primer contingente comenzó a llegar a las nueve de la noche y provenía de barriadas desconocidas por los habitantes de la Gran Aldea, de villas miseria, de ranchos de lata, de cajones de automóviles, de cuevas, de la tierra misma, ya barro. Ensuciaban la ciudad silenciosos y sin inhibiciones, encendían velas en cuanta concavidad ofrecieran las paredes de la avenida, en los mármoles de ascenso a portales clausurados. A algunas llamas las respetaban la lluvia y el viento; a otras no. Allí fijaban estampas o recortes de revistas y periódicos, que reproducían infieles la belleza extraordinaria de la difunta, ahora perdida para siempre.

A las diez de la mañana les permitieron avanzar, dos metros cada media hora, y pudieron atravesar la puerta del ministerio, en grupos de cinco, empujados y golpeados; los golpes preferidos por los milicos eran los rodillazos buscando los ovarios, santo remedio para la histeria.

A mediodía corrió la voz de cuadra en cuadra, metros y metros de cola de lento avanzar: “Tiene la frente verde. Cierran para pintarla.”

Y fue el, rumor mas aceptado; porque, aunque mentiroso, encajaba a la perfección para los miles y miles de necrófilos murmurantes y enlutados.

Juan Carlos Onetti

 

Billete de Cien pesos, Homenaje a Eva Perón
En agosto de 1952, el Banco Central de la República Argentina, decide rendir homenaje a la Sra. Eva Duarte de Perón, re-diseñando el billete de 5 pesos, con su retrato en el anverso. En el reverso, una alegoría a su extraordinaria obra de ayuda social inmortalizaría su legado.

En pleno proceso de diseño, el Director de Casa de Moneda reclama la compra de elementos, maquinarias y papel especial para valores impresos en seco y llevar a cabo la emisión. Considerando que durante 1954 se lograría la normalización del trabajo acorde a las nuevas tecnologías incorporadas, pudiendo entonces imprimir cualquier tipo de billetes grabados en acero, con los últimos adelantos de seguridad y varios colores. Un desacuerdo contractual con el grabador Mario Baiardi y la prematura muerte del diseñador Renato Garrasi, demoraron la concreción del proyecto.

El advenimiento del golpe de estado autodenominado Revolución Libertadora significó el inicio de un plan sistemático para borrar las huellas del peronismo en Argentina. El billete de Eva pasaría así al ostracismo detrás de un mueble de Casa de Moneda, gracias a la intervención de un valiente empleado de la institución. Transcurrieron momentos difíciles y el boceto permaneció latente, esperando un beso de humedad para germinar.

Casi 60 años pasaron hasta que el proyecto fue descubierto. El arduo trabajo de documentación por parte del personal del Museo de Casa de Moneda dio sus frutos y a fines de 2011, el billete homenaje fue presentado en sociedad, junto con la intención explícita de hacerlo realidad.

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