El Monstruo Asustado

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“El buen conquistador” Manu Chao en Pirineos Sur

en agosto 4, 2012

En el marco de la XXI edición del Festival Internacional de las Culturas, Pirineos Sur, “un modelo de festival sostenible donde se puede disfrutar de la cultura de una manera racional, sin masificaciones y en plena armonía con la naturaleza”, más precisamente en el auditorio natural de Lanuza (Huesca, España) hemos asistido al recital de Manu Chao, un artista de la vida y de la música tan inclasificable como encantador;  un amigo de Latinoamérica y de todo el mundo, que se ha inventado un nuevo mundo, lleno de alegría y esperanza, donde las causas justas y perdidas no parecen tan perdidas.

Sobre el escenario flotante de Lanuza, arropados por un entorno natural paradisíaco y protector, donde ya pusieron los pies mitos y leyendas de la música como Paco de Lucía, Bebo Valdés, Omara Portuando, Cesária Evora, entre otros muchos de una larga lista cosmopolita de músicos y cantantes que se viene labrando desde hace más de veinte años de festival.

A nosotros, que somos del sur, también nos consta que han pasado por el mismo escenario León Gieco, Andrés Calamaro, Vicentico, Fito Páez,  Jorge Drexler, Gilberto Gil, Carlinhos Brown, Compay Segundo, Elíades Ochoa, Lila Downs, Julieta Benegas (2012) y muchos más; músicos y cantantes que circulan por las venas abiertas y palpitantes de nuestra america latina y cruzan las fronteras,  invisibles para la música, para venirse a cantar, a bailar  y a tocar en los Pirineos,  verdaderos embajadores culturales de nuestras tierras, pero abiertos y dispuestos también  a mezclarse y a fusionarse con otras músicas del mundo, sobre todo con la música africana, con mucha prescencia en Pirineos Sur.

Y a este ya mítico escenario llegó finalmente Manu Chao con “La Ventura”, un cuarteto integrado por  Madjid Fahem (guitarra), Gambeat (bajo), Phillippe Teboul (batería) con el cual Chao también realizó una extensa gira latinoamericana titulada “La Ventura Tour”.

Con los primeros acordes, los mismos de siempre, dirán los detractores, pero inacabables, e inmensos, diremos nosotros; capaces de albergar, fusionar y darle un nuevo sentido, – “la marca Manu Chao”- a ritmos tan dispares como el punk rock de los Sex Pistols, la Chansón francesa de Georges Brassens, la rumba, el reggae y el guaguancó, y de envolvernos a todos, a las más de cinco mil personas que asistimos al concierto, en una energía benigna, llena de esperanza fuerza y alegría a la cual, por más que insistan los políticos y los mercados, no queremos renunciar.

Frágil en apariencia, porque tuvimos la suerte de verlo de cerca, desprovisto de credenciales, clandestino sin impostura alguna, natural y autentico, sin más atributos que su “vocecita rara” la guitarrita colgada en la espalda y el “palestino” anudado a la cintura, entró al escenario a los saltos, y la Ventura “forzó la máquina y se jugó la vida” tocando con inmensa generosidad y siempre con la misma intensidad, casi todo o buena parte del amplio reportorio Manu Chao:  Mr. Bobby, Politik Kill, Raiining Paradise, Expreso de Hielo, La Vida Tómbola, Clandestino, La Primavera, Me Gustas Tu, Rumba de Barcelona, y etc, y etc; desde Mano Negra hasta Radio Bemba, desde lo más nuevo a lo más intemporal, porque Manu Chao no pasa de moda, porque su trabajo no es una moda sino un mensaje musical y artístico de paz y amistad entre los pueblos, autentico y perdurable, entre tantos productos fugaces que en nuestra cultura global solo buscan el éxito inmediato, vacios de contenido, que por suerte- digo yo- se marchan antes de llegar.

La historia de encuentro y amistad de Manu Chao con Latinoamérica es intensa y digna de mención porque no obedece, ni se ajusta, al “modus operandi” de muchos músicos internacionales que ponen a Latinoamérica en su agenda solo por motivos comerciales : José Manuel Arturo Tomás Chao, nombre real de Manu Chao,- nacido en Galicia, criado en París, hijo del conocido escritor y periodista Ramón Chao-, hace veinte años que cruzó el atlántico en un barco de carga. Desembarcó en Venezuela y desde allí se largó a conocer los países y los pueblos  en “hua-hua”, o a bordo de un “Expreso de hielo”; viajes que han empapado a su música con todos los sabores y colores de nuestros  ritmos latinos, y hasta de un cierto realismo mágico, el de Carpentier y García Márquez,  en las letras de sus canciones (“Soñé que el fuego nevava, soñé que en la nieve ardía, soñé que tu me querías, soñé Colombia”), donde podemos escuchar también el sonido del viento (“Por la Carretera”); el mismo que sopla en la Comala de Juan Rulfo, aquel viento implacable que confunde a los vivos con los muertos, porque al final la muerte no existe…

Manu Chao llegó a Sudamérica, y sigue llegando, con el mismo espíritu aventurero de los antiguos conquistadores, dicho esto en el sentido épico del término, de gesta y de buena conquista; para intercambiar cultura y experiencias, para conocer la realidad y los problemas de su gente y solidarizarse- en la medida de lo posible, desde su lugar de artista- con las buenas causas, Los Derechos Humanos, la Justicia Social, y para robarnos después, en vez del oro, nuestros corazones.

Otra hubiera sido la historia si los españoles en vez de a Pizarro o a Lópe de Aguirre nos hubieran mandado a Manu Chao…

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